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El peso de las etiquetas en nuestros hijos

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La mamá del tenista Alexander Zverev no podía cambiar su diagnóstico, pero sí evitar que eso definiera su futuro. Su historia nos recuerda la importancia de acompañar a nuestros hijos sin decidir sus límites por ellos.

El peso de las etiquetas en nuestros hijos

Querida yo… después de ser mamá:

Esto es parte de ti, pero no es todo lo que eres…

El domingo vi a Alexander Zverev levantar el trofeo del US Open, uno de los torneos de tenis más importantes del mundo. Pero lo que más me conmovió no fue verlo cumplir ese sueño. Fue su speech y la forma en la que le agradeció a su mamá.

Para darles contexto rápido… Zverev fue diagnosticado con diabetes tipo 1 a los cuatro años. Según contó, los médicos dijeron que sus posibilidades en el deporte serían muy limitadas. Pero su mamá decidió seguir adelante con una idea distinta: su hijo sería lo que quisiera ser. La enfermedad formaría parte de su vida, pero no iba a definirlo por completo.

Veinticinco años después, aquel niño estaba en medio del Arthur Ashe Stadium, sosteniendo el trofeo del US Open y reconociendo a su mamá como la persona más fuerte e importante que conoce. Imposible no conmoverse.

Pero también imposible no pensar en el peso que tienen nuestras palabras y acciones en la manera en la que nuestros hijos aprenden a mirarse a sí mismos.

La enseñanza de esta historia no es que la intuición de las mamás esté por encima del criterio médico ni que baste con desear algo para conseguirlo. La diabetes de Zverev no desapareció porque su mamá creyera en él: ha tenido que aprender a vivir y competir con ella.

Lo que me hizo pensar fue otra cosa: su mamá reconoció la dificultad, pero no permitió que se convirtiera en una sentencia sobre todo lo que su hijo podría llegar a ser.

Y eso me llevó a reflexionar sobre las etiquetas que podemos ponerles a los niños casi sin darnos cuenta: es distraído, es tímido, es malo para los deportes, es el inquieto de la familia.

Nuestros hijos siempre están escuchando

Quizá solo intentamos describir algo que observamos. El problema es que, cuando una palabra se repite suficientes veces, puede dejar de señalar una característica y empezar a parecer una definición.

“Me cuesta concentrarme” puede convertirse en “soy distraído”. “Necesito más tiempo para aprender esto”, en “soy malo para la escuela”. Algo que explica una parte de su experiencia comienza a ocupar demasiado espacio en la imagen que construyen de sí mismos.

No escribo desde un lugar de experta, sino como una mamá que intenta entender cuándo ayudar, cuándo dar un empujón y cuándo hacerse a un lado. Una mamá que también ha usado palabras aparentemente inofensivas sin pensar en su peso.

Reconocer sin reducirlos

Tampoco se trata de negar lo que les cuesta. Cuando algo necesita atención, nuestra responsabilidad es reconocerlo, buscar ayuda y darles herramientas. Hacer como si nada ocurriera no es creer en ellos.

Pero existe una diferencia enorme entre decirles “esto forma parte de tu vida” y hacerles sentir “esto es lo que eres”. Lo segundo puede construir una especie de límite invisible.

Y aunque hoy sea fácil contar esta historia porque Zverev terminó levantando un Grand Slam, la decisión de su mamá habría sido igual de valiosa si él nunca hubiera ganado uno; si hubiera jugado por placer, elegido otra profesión o cambiado de sueño.

El valor de lo que hizo no estaba en criar a un campeón, sino en permitirle a su hijo descubrir por sí mismo hasta dónde podía llegar.

Probablemente nuestros hijos nunca levantarán un trofeo en un estadio con 23 mil personas. Y eso no es lo que importa. Tampoco necesitamos que conviertan cada dificultad en una historia extraordinaria.

Creo que nuestra tarea es acompañarlos mientras descubren quiénes son, sin reducirlos a lo que les cuesta ni permitir que una sola parte de ellos termine contando su historia completa.

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