Querida yo, ¿cuánto espacio ocupa lo que sigues posponiendo?
Pasé años queriendo organizar los menús de mi casa. Años. Y hace unas semanas, finalmente, me senté a hacerlo. Me tomó unas tres horas armar un sistema que pudiera repetir y ajustar sobre la marcha sin mucho esfuerzo.
Hasta ese momento, había seguido resolviendo la misma pregunta: ¿qué vamos a comer hoy?
Puede parecer una tontería, pero a mí me generaba mucha frustración y me daba una flojera tremenda pensar en eso todos los días. Claro que lo resolvía, porque había que comer. Pero organizarlo en forma seguía en mi lista de cosas que haría “después”.
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Y ahí estaba lo absurdo: posponía dedicarle unas horas a algo que podía simplificarme la vida, mientras seguía cargando diariamente con la consecuencia de no hacerlo.
Lo dejo para después, pero sigo pensando en ello
Eso me puso a pensar en todo lo que dejo pendiente. Trámites, decisiones, ideas que me entusiasman y que no termino de concretar. Algunas cosas son pequeñas; otras me importan mucho. Y no siempre las postergo por la misma razón.
A veces es aburrimiento o falta de motivación. Otras veces, inseguridad… especialmente en lo laboral: ¿y si no funciona?, ¿y si a nadie le interesa? Después está el perfeccionismo: esperar el momento adecuado o sentirme suficientemente preparada. Y, entre todo eso, el celular, WhatsApp y las redes me ofrecen algo más que atender justo cuando intento concentrarme.
Una de mis frases favoritas es «better done than perfect»: mejor hecho que perfecto. Me la repito porque la necesito. Eso sí, entre que una frase me encante y que consiga aplicarla hay cierta distancia.
Lo que más me hace reflexionar sobre procrastinar es el peso mental que me deja.
Porque una cosa es posponer un pendiente en la agenda y otra dejar de pensar en él. Hasta una decisión pequeña puede volverse agotadora cuando llevo mucho tiempo dándole vueltas sin tomarla.
Y ojo… no quiero convertir esto en otra exigencia para hacerlo todo inmediatamente. Hay días en los que de verdad no cabe nada más. También hay decisiones que necesitan tiempo y cosas que podemos dejar de querer hacer.
¿Por dónde empiezo?
Quisiera empezar por hacerme una pregunta más concreta: ¿qué estoy evitando de este pendiente? Si me aburre, ¿podría dedicarle diez minutos? Si me abruma, ¿cuál sería el primer paso? Si quiero que salga perfecto, ¿qué versión suficientemente buena podría probar?
Y si ya no quiero hacerlo, también puedo admitirlo. Decidir que algo sale de mi lista es distinto a seguir prometiéndome que algún día lo haré.
Para llevarlo a la práctica, podría elegir un solo pendiente que me importe, definir qué haré para avanzar y reservarle un rato concreto, con el celular lejos y las notificaciones apagadas. Algo tan específico como reunir los documentos de un trámite, en vez de escribir “resolver trámite” en la agenda. Darle un espacio real a eso que digo que es prioridad.
Con los menús pude avanzar sin tenerlo todo resuelto: ya están organizados y puedo cambiar lo que no funcione. Solo necesitaba una primera versión que nos sirviera.
Ahora quisiera tener más presente ese intercambio que hago cuando digo “después”: me ahorro el esfuerzo de hacerlo hoy, pero sigo dedicándole atención mientras queda pendiente.
Amiga, a veces lo que dejamos para después sigue ocupando espacio en nuestra mente. ¿Cuáles de tus pendientes te están costando más seguir aplazando que sentarte a resolver?
