Querida yo… después de ser mamá
Cuando hasta ir al baño viene con prisa
- “Voy al baño rapidito… ya vengo”
- “Me baño en cinco minutos”
- “Dame dos minutos y te llamo.”
Hace unos días, una mamá le dice a una señora que estaba cuidando a su hija en una ludoteca: “voy corriendo al baño y regreso”. La señora le contesta: “¿pero por qué todo tiene que ser rápido, hasta ir al baño? Ve con calma, que no hay ningún tipo de prisa”.
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Escucharlas me hizo reflexionar, porque soy la típica que usa estas frases todo el tiempo. Me salen en automático.
Y lo curioso es que no siempre son literales. No me baño siempre en cinco minutos, no llamo «en dos» y no regreso tan “rapidito”. Pero igual lo digo.
Como si necesitara dejar claro hacia afuera y hacia adentro, que no me estoy tomando demasiado tiempo, que no me estoy demorando más de lo “permitido”, que sigo siendo eficiente incluso cuando hago una pausa.
¿Qué loco vivir así, no?
La urgencia también se nos metió en las palabras
Porque no nos basta con vivir con la agenda llena. Además, pensamos en modo rapidez y hablamos desde la urgencia. Hasta nuestras pausas parecen necesitar una disculpa.
Como mamás, es lógico sentir que el tiempo nunca alcanza. Entre colegio, actividades, pendientes, fiestas infantiles, trabajo, casa y vida social… cada minuto parece tener dueño.
Entonces sentimos que tenemos que apurar todo: la comida, el baño, la llamada, el descanso… la vida.
Cuando la inmediatez se vuelve costumbre
Y a eso hay que sumarle que vivimos en una época que nos entrenó para eso. Todo está a nuestro alcance en un clic: la serie, la comida, la respuesta, las compras.
Estamos tan acostumbradas a la inmediatez que la espera puede llegar a sentirse incómoda.
Por eso creo que vale la pena volver visible esto: observar cuántas veces hablamos desde la urgencia cuando en realidad no hace falta. Cuántas veces le ponemos urgencia incluso a los momentos más simples, solo porque así aprendimos a movernos por el mundo.
Amiga, ojalá esta reflexión nos ayude a notar cuántas veces le metemos prisa a lo cotidiano. Porque la manera en la que hablamos del tiempo también termina definiendo la manera en la que lo vivimos.
