Y aunque con frecuencia quienes nos rodean —papás, familiares o incluso profesionales— lo minimizan y lo confunden con exageración, sobreprotección o ansiedad, la realidad es que la mayoría de las veces no estamos equivocadas.
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Este “sexto sentido materno” no aparece solo cuando los hijos son bebés ni desaparece con el tiempo. No se quita: se mantiene desde el nacimiento y acompaña a los hijos a lo largo de su crecimiento, incluso cuando ya son adultos. Y lejos de ser algo místico o una simple corazonada, tiene bases neurológicas, emocionales y biológicas muy claras.
Qué pasa en el cerebro cuando una mujer se convierte en mamá
Desde el embarazo, el cerebro de la futura mamá comienza a transformarse. Se reorganiza para la tarea de cuidar y proteger. Aumenta la sensibilidad para captar señales emocionales, corporales y conductuales del bebé, afinando redes cerebrales directamente relacionadas con el vínculo y la supervivencia.
Este proceso ha sido documentado por estudios de neuroimagen que muestran cambios funcionales en el cerebro materno incluso después del nacimiento.
En esta percepción tan afinada participan principalmente tres áreas del cerebro que trabajan de forma coordinada:
- La amígdala, que funciona como un radar emocional. Su tarea es detectar señales de alerta y bienestar, lo que permite percibir cambios mínimos en el estado físico o emocional del hijo antes de que sean evidentes para otros.
- La ínsula, que conecta el cuerpo con las emociones. Integra sensaciones físicas internas —como un nudo en el estómago, inquietud o tensión— con la experiencia emocional. Por eso muchas mamás dicen “lo siento en el cuerpo”. Desde la neurociencia, esto se conoce como interocepción.
- La corteza prefrontal, encargada de interpretar esas señales, anticipar necesidades y regular la respuesta emocional. Gracias a ella, la madre no solo percibe que algo cambió, sino que puede decidir cómo acompañar: observar más, acercarse, preguntar o buscar ayuda.
Estas áreas no funcionan por separado. Operan como un sistema integrado: una detecta, otra integra y otra interpreta. De esa coordinación nace lo que muchas madres reconocen como su “sexto sentido”.
Este radar no desaparece cuando los hijos crecen
Este radar interno no se apaga con el paso del tiempo:
- En los bebés puede manifestarse como un llanto distinto, una postura incómoda o cambios en el sueño.
- En la infancia, como variaciones sutiles en el ánimo, el juego o la regulación emocional.
- En la adolescencia, como silencios prolongados, desconexión emocional o actitudes que no terminan de encajar.
- E incluso en la adultez, muchas madres refieren una inquietud difícil de explicar en momentos clave.
El vínculo cambia, pero la huella en el sistema nervioso permanece.
Vale la pena aclararlo: escuchar este sexto sentido no significa vivir en estado de alarma constante ni actuar sin criterio. Tampoco implica que una madre siempre tenga razón. Significa reconocer una forma de percepción que se construye con el vínculo, la experiencia y la biología, y que merece ser escuchada y explorada, no ridiculizada ni descartada automáticamente.
Poner atención al sexto sentido materno no es sobreproteger. Es aprender a escuchar una señal que puede marcar una diferencia real.
