Durante un encuentro en la Cámara de Diputados, explicó que la violencia no proviene de un solo lugar. Puede venir de funcionarios, del crimen organizado y también del entorno familiar. Es decir, no es un problema aislado ni de un sector específico, sino estructural.
Además, señaló algo clave: las desapariciones continúan y las investigaciones siguen siendo deficientes. Muchas familias no reciben apoyo suficiente para buscar a sus hijas o parientes desaparecidas.
Qué está fallando según la ONU
El punto central no es únicamente la violencia, sino la impunidad. Cuando un delito no se investiga o no se castiga, se repite. Y eso, según la ONU, está ocurriendo.
La relatora explicó que las sobrevivientes enfrentan obstáculos constantes: sesgos de género, revictimización, retrasos judiciales e instituciones sin recursos suficientes. También mencionó que existen estereotipos discriminatorios dentro de los procesos legales.
En otras palabras, denunciar no siempre significa protección.
A esto se suma otro factor importante: las políticas públicas. Recortes presupuestales, falta de refugios y servicios de apoyo debilitan la protección real. La violencia se agrava con pobreza, desigualdad y presencia del crimen organizado.
A quién afecta más
Aunque el problema es generalizado, no impacta igual a todas. La ONU destacó que la situación es más grave para mujeres indígenas, rurales, migrantes o en pobreza. Ellas enfrentan barreras adicionales para acceder a justicia.
Esto significa que el riesgo no solo depende de la violencia, sino también de las condiciones sociales.
No se trata solo de un pronunciamiento político. Cuando una relatoría internacional habla de niveles epidémicos, implica que el problema es sistemático y persistente, no casos aislados.
También obliga al Estado a prevenir, investigar, sancionar y reparar el daño. La ONU pidió invertir de manera sostenida en justicia y servicios para víctimas, además de generar datos confiables para dimensionar el problema.
Qué significa para las niñas y mujeres en México
Más allá de las cifras, el impacto es cotidiano: miedo al transporte, protocolos escolares, redes de cuidado entre familias y cambios en rutinas diarias.
El mensaje de fondo es claro: mientras la violencia no tenga consecuencias reales, seguirá repitiéndose. Y sin apoyo a las víctimas, tampoco habrá confianza para denunciar.
