Ahora que soy padre entiendo por qué aquella tarde en que mi papá y yo resbalamos al correr bajo la lluvia, a él no le importó su rodilla lastimada y sangrante; en cambio preocupado y sintiéndose culpable, me revisaba el cuerpo buscando sanar la más mínima lesión en mí.
Así es, dar la vida por alguien sólo cobra sentido cuando llegan los hijos. Y si la mía tiene un precio, les digo que no es muy cara y acepta monedas de cambio de distintas denominaciones. Ahora les muestro mi tabla de equivalencias.
Regalo mis piernas a cambio de que mi hijo nunca deje de correr imaginando que es un auto de carreras.
Cedo mis brazos para que los hermanos se abracen después de una batalla campal al buscar conquistar el lugar más cercano a mamá.
Doy mis ojos miopes a fin de que los niños distingan de cerca entre la sonrisa sincera y la mueca traidora.

Shhh… La guía definitiva para enseñarle a tu bebé a dormir


Me quito un pulmón si ellos pueden suspirar al encontrar el amor.
Transformo mi pecho en cama y mi hombro en refugio con tal de que acepten que a veces necesitan descansar y llorar.
Entrego mis manos pues deseo que tengan más dedos con los cuales puedan contar amigos verdaderos.
Les ofrezco mis rodillas para que siempre estén de pie caminando y nunca sometidos a lo que no les hace feliz.
Mi sangre está siempre dispuesta porque quiero que tengan pasión por algo y que no les dé igual negro o blanco.
El corazón no lo ofrezco; ése le pertenece a su mamá, pero tienen el de ella.
PD Me resisto a darles mis oídos pues nunca más podría escuchar «papi te quiero» y entonces sin ellos sí me muero.