Empecé el año nuevo, en medio de la confusión de los interminables días en casa por confinamiento del semáforo rojo de pandemia; vacaciones escolares; días de celebraciones en familia con mis cuatro hijos y un tiempo sin tiempo que fueron las últimas dos semanas del 2020. Sin embargo, cuando tu hijo se enferma, el mundo cambia por completo.

La lección que aprendes cuando tu hijo se enferma

Agradecida por las enseñanzas del 2020 y con la ilusión de arrancar el 2021, pensaba que tenía todo bajo control. Pero, cuando todo va bien damos por hecho muchas cosas en nuestras vidas y pensamos que los planes y agendas se van a cumplir porque es lo que corresponde y el domingo 4 de enero a eso de las 7 de la tarde, mi hijo Antonio de 12 años, de manera inesperada y súbita se quejó de un dolor punzante cerca del ombligo. En mi rol de madre que pretende ser enfermera, inicié con el cojín caliente y un vaso enorme de agua con fibra soluble, un paracetamol y lo mandé a acostar. Al pasar de dos horas, sin que el dolor cediera, empecé a consultar a mis médicos de confianza para pedir consejo y todos los consultados coincidieron en posible diagnóstico de apendicitis a conformar con estudios.

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Mi mente se trastornó: ¿apendicitis?, pero ¿cómo, por qué?, seguro que es recargo estomacal, mala digestión, un ligamento lastimado; estaba en total negación porque mi pánico me llevaba a una peritonitis, una cirugía, la exposición al contagio de Covid-19 y a toda la logística de lo anterior: consultas médicas, encargar a los otros tres niños, hospital, recuperación. El primer lunes de este 2021, mis planes dejaron de existir para confirmar que mi hijo efectivamente tenía que ser operado para quitarle el apéndice, porque era un cuadro grave y apenas estábamos a tiempo para evitar complicaciones. Me paralicé mentalmente de miedo. Nunca habían operado a ninguno de mis cuatro hijos, nunca los había internado en un hospital, no habíamos dejado la casa en 10 meses y ahora estábamos en urgencias de un hospital infantil. ¿Lo mejor y lo peor? 1.Con un hijo enfermo comprendes que ser mamá o papá no es descifrar o asegurar como vas a costear una carrera universitaria o a dónde los vas a llevar de vacaciones o qué auto les vas a dar cuando manejen. Entiendes que nada compra la paz de saberlos sanos y que la salud es lo más frágil que existe porque de ella depende la vida y la salud de tus hijos no está en tu control.

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2. Con un hijo enfermo te haces consciente de tu propia mortalidad, comprendes desde la médula que nadie los puede cuidar como tú y que a pesar de ti, se pueden enfermar. 3. Cuando tu hijo se enferma te das cuenta de que muchísimos niños también se enferman y que no todos se recuperan igual o tienen acceso a los mismos tratamientos y recursos para ayudarlos a superar su padecimiento. 4. Cuando se enferma un hijo, comprendes el dolor de cualquier madre o padre en la misma situación y te das cuenta que a lo mejor has sido completamente indolente antes. Te das cuenta de que un niño enfermo paraliza a cualquiera, que el sufrimiento del alma es exponencial ante su dolor. 5. Si se enferma un hijo comprendes de inmediato la angustia de lo que ves en redes sociales y grupos cuando alguna familia pide apoyo económico para solventar algún padecimiento de su hijo o hija. Entiendes que hay casos en los que el dinero no resuelve nada. 6. Cuando se te enferma un hijo te das cuenta de que son mortales, de que hay miles de nimiedades en las que pones tu atención y que no tienen nada que ver con la preciosa persona que es tu hijo y que has perdido mucho tiempo en cosas absurdas. 7. Cuando se enferma un hijo el mundo se detiene y comprendes que nada ni nadie es más importante en la vida.

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8. Si se enferma un hijo descubres que tu memoria es exacta desde que nación, que puedes recordar desde su olor de recién nacido, hasta tu talla, peso y calificación Apgar en minutos que recuerdas cuando caminó se sentó, habló, que comió y a qué hora todos los días de la última semana. 9. Cuando tu hijo está enfermo darías lo que fuera sin pensarlo, incluyendo la vida si su dolor pudiera ser tuyo y quitárselo a él o a ella. Confirmas que crees en un poder superior y te encomiendas a él. Recuperas la fe en los milagros y los pides a gritos orando. 10. Cuando se enferma un hijo miras a los médicos como lo que son: héroes sin capa y entiendes porqué lees tanta cadena de oración en redes sociales y grupos de whatsapp y decides que a partir de ese momento elevarás tus plegarias por cada niño y su familia que lo requieran. 11. Cuando se enferma tu hijo entiendes que los niños se enferman: con o sin padres, con o sin casa, con o sin salud, con o sin dinero y entiendes lo vulnerables que son ante la vida. 12. Cuando tu hijo se enferma deseas con el alma que se encuentre la cura para todas las enfermedades del mundo y sabes que no existe nada más desgarrador que una madre o un padre que teme por la vida de su hijo enfermo. Todo lo anterior lo comprendí en la primera hora de estar en la sala de urgencia esperando la cirugía de Antonio, a las 10.30 pm del mismo lunes 4 de enero del 2020. Leí y escuché de todo en las dos horas más eternas de mi vida, consulté al doctor Google, puse su nombre en cadenas de oración, le recé a Dios y a mis muertos, creí en la energía de la luz violeta, la luz de las madres, los rezos de las abuelas y el poder de la aromaterapia para no tener un colapso nervioso… Recibí mensajes de aliento, ofrecimientos de apoyo en todos sentidos y me di cuenta que no estamos solos a pesar de un mundo que va en caos. Ver a un hijo enfermar y recuperarse es volver a nacer y no temo en exagerar la emoción. Por la misma pandemia de Covid, (a pesar de no ser un hospital Covid) y por ser noche de Reyes, lo dieron de alta dada su favorable salud y recuperación el día 5 de enero a las 8:00 pm. Llegamos a casa y su convalecencia va cada vez mejor. No tengo palabras, mi mente viajó mil veces a todos los escenarios imaginables e inimaginables creyendo lo peor y esperando lo mejor, pasé de la negación al miedo, del miedo al terror, del terror a la fe y a la esperanza, a la calma y al llanto. Recordé cómo rezar con fervor y agradecí desde el alma lo que tantas veces di por hecho: el regalo de estar bien. Ese milagro cotidiano que olvidamos. Gracias por estar bien siempre, gracias por todo lo que sucede en mi vida de mamá en su caos e imperfección como mamá de cuatro. Gracias por la recuperación de mi hijo, por tener una red de amigos y familia que me sostiene a mi y a mi familia. Gracias porque tengo salud para cuidar de mi hijo, por las manos de los médicos que lo atendieron, a cada enfermera que acompañó mi única noche en vela. Mi más grande demostración de empatía a los padres con hijos enfermos, por cada minuto que pasan en sus mente buscando opciones y posible soluciones, porque lo dan todo a cambio de ver a sus hijos bien, porque con ellos se muere un poco de ti aun cuando se recuperen. Un abrazo inmenso a cada familia con un niño enfermo. Que la salud, que ese regalo de estar bien llegue a todos los niños del mundo.