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Crianza Positiva Vs. Crianza sin filtros: ¿Realmente es tan buena idea?

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Conoce las diferencias entre crianza positiva y crianza sin filtros y cómo influyen en la relación con tus hijos.

crianza positiva vs crianza sin filtros
Criar no es solo acompañar. También es dirigir, es guiar un camino mientras los hijos aprenden a circularlo. Y es en ese recorrido de cada día —en la forma de hablar, de bromear, de relacionarnos— donde niños y adolescentes van construyendo sus habilidades sociales, su manera de estar y vincularse con el mundo. Conocer la diferencia entre crianza positiva y crianza sin filtros, hace la diferencia.

Para muchos padres y madres, criar distinto a como fueron criados se ha vuelto una meta clara. En ese intento, válido y necesario, se ha ido normalizando una idea confusa y mal interpretada: asumir que criar con respeto y cercanía implica “llevarse como amigos con los hijos”, hablar sin filtros, bromear todo el tiempo, usar palabras altisonantes y dobles sentidos, normalizar gestos y hábitos físicos, y diluir las diferencias entre el rol adulto y el infantil.

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Esta confusión entre Crianza Positiva Vs. Crianza sin filtros no surge de la nada. Tiene mucho que ver con mensajes actuales que hablan de criar con respeto, validar emociones y estar cerca de los hijos, pero que pueden malinterpretarse cuando no se ha tenido un modelo previo de crianza positiva. En la vida diaria, esto puede terminar pareciéndose más a una crianza sin filtros que a una crianza positiva que conlleva límites. La cercanía no es el problema; lo que cambia es cuando, por querer estar cerca, el adulto se mueve de su lugar y renuncia a su función de guía.

Esta diferencia es clave

La investigación sobre estilos de crianza nos muestra que los niños y adolescentes se desarrollan mejor cuando crecen con adultos cercanos y con límites claros. No se trata de rigidez ni de autoritarismo, sino de estructura y respeto: una cercanía que sostiene, no una cercanía que confunde.

Criar se parece más a ser entrenador que a ser compañero de equipo. El entrenador puede motivar, celebrar, involucrarse y estar presente, pero no entra a jugar el partido. Desde afuera observa, corrige y marca la estrategia. Si entrara al juego como uno más, se perdería la perspectiva que ayuda al niño a orientarse y sentirse seguro.

Esto cobra aún más sentido si miramos el desarrollo del cerebro. El cerebro infantil y adolescente sigue madurando; habilidades como el control de impulsos, la autorregulación emocional y la capacidad de leer el contexto social todavía están en construcción. Estas habilidades no se aprenden solo con explicaciones, sino observando a los adultos significativos. Los hijos copian lo que ven, especialmente aquello que genera risa, complicidad o aceptación.

Tus hijos no son tus amigos

Cuando se habla con los hijos como si fueran amigos, se normalizan bromas subidas de tono, gestos y formas de comportarse que dejan de cuidarse, y se pierde la distinción entre lo privado y lo social. El mensaje que reciben es confuso: todo parece intercambiable, sin importar el contexto ni la compañía. Esto no suele generar consecuencias inmediatas, pero puede aparecer más adelante, cuando el niño o adolescente replica esas formas de expresión fuera de casa, sin distinguir cuándo, cómo o con quién es adecuado hacerlo.

Normalmente, cuando se da esta dinámica, uno de los padres intenta marcar límites y el otro adopta un lugar más infantil: se ríe, sigue la broma o minimiza la corrección. Esta falta de coherencia confunde a los hijos y les dificulta entender las normas sociales. Con el tiempo, la palabra del adulto que intenta guiar pierde peso y su autoridad se debilita.

Es aquí donde se resiente la estructura familiar. Los niños no desarrollan límites internos ni aprenden a regularse. Aprenden que los límites pueden ignorarse. Con el tiempo, las reglas dejan de ser claras y se van perdiendo. Las conductas se repiten cada vez más, dentro y fuera de casa, y sostener normas básicas de convivencia se vuelve cada vez más difícil.

Ser un padre o madre cercano no implica renunciar al rol adulto

Reírse con los hijos no es lo mismo que comportarse como ellos. Acompañar no significa diluirse. Los niños y adolescentes necesitan figuras que conecten emocionalmente, pero que también sostengan un marco claro, porque lo que más seguridad les da no es que el adulto sea el más gracioso, sino saber que hay alguien emocionalmente más grande cuidando el camino.

Criar no es bajar al mismo nivel; es tender una mano desde un lugar firme. Es estar disponibles sin perder la dirección. Y muchas veces eso empieza por revisar no solo lo que corregimos en los hijos, sino lo que normalizamos en nosotros.

Quedarse solo poniendo límites cansa, desgasta y genera mucha frustración. Para recuperar el lugar sin gritar ni pelear todo el tiempo, vale la pena considerar lo siguiente:

  1. Hablar con el otro padre o madre cuando no haya niños presentes es clave, no para discutir quién tiene razón, sino para explicar cómo te está afectando quedarte solo en el rol de “poner orden”. Decir algo como: “cuando te ríes o minimizas, mi palabra se invalida”, puede abrir una conversación necesaria.
  2. Evitar corregir desde el enojo acumulado ayuda más de lo que parece. Entre más alterado estás, menos autoridad se siente. A veces, una frase corta, firme y repetida con calma tiene más impacto que una explicación larga.
  3. No intentes compensar endureciéndote. Cuando un adulto se vuelve el único que pone límites, es común volverse más estricto. Esto solo refuerza la idea de que hay un “bueno” y un “malo” y debilita todavía más el vínculo.
  4. Buscar momentos de conexión con los hijos que no estén ligados a corregir también ayuda a recuperar autoridad. El vínculo y el límite no compiten; se necesitan.
Ser cercano no es el problema. El problema es perder el lugar de adulto. Recuperarlo no significa volverte serio, distante o rígido.

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