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¿Por qué no debes de proyectar lo que aprendiste en terapia en tus hijos?

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¿Sientes que buscas etiquetas para lo que le pasa a tu crío? Intentar diagnosticar a tu hijo puede ser un error.

Diagnosticar a mi hijo
Ir a terapia es una de las mejores decisiones para criar mejor a tu hijo, pero en este camino del autoconocimiento, es muy fácil caer en diagnosticar a tu hijo usando conceptos o heridas que descubriste en terapia.

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¿Por qué no debes de proyectar lo que aprendiste en terapia en tus hijos?

Es muy común que al momento de aprender acerca de la regulación emocional o traumas, empieces a vigilar con mucha atención cada rincón del cómo se desarrolla tu crío. A veces, un simple berrinche termina clasificado como un trastorno de conducta o ser tímido como ansiedad social.

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La diferencia entre desarrollo y diagnóstico 

Es importante entender que el cerebro de un niño no funciona igual que el de un adulto. Ya que su corteza prefrontal (la que se encarga de controlar sus impulsos y gestionar sus emociones) apenas se está desarrollando. Por eso, antes de diagnosticar a tu hijo, es importante que recuerdes que muchas de las conductas que pueden incomodarte no pertenecen a ninguna patología, sino a una etapa normal de crecimiento.

Cuando aplicas la psicología de un adulto en la infancia, corres el riesgo de «satanizar» experiencias completamente normales. Una realidad es que los niños necesitan espacio para aburrirse, enojarse y equivocarse, así como tú también lo hiciste.

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El riesgo de diagnosticar a tus hijos 

Crecer con una etiqueta sobre los hombros puede alterar la manera en la que los niños van construyendo su identidad. Diagnosticarlos sin ningún tipo de estudio en concreto puede generar:

  • Profecías autocumplidas: Tu hijo puede empezar a asumir la etiqueta que le pusiste, por ejemplo: Si empieza a creer que es ansiosos, porque tu se lo dijiste, puede que empiece a moldear su conducta en función de eso.
  • No ves las cosas con objetividad: Dejas de ver al niño que es tu hijo y solo te enfocas en eso que crees que no debería de tener. De manera inconsciente empiezas a buscar conductas que justifiquen y apoyen tus creencias.
  • Ansiedad parental: Se genera una alerta constante que no te deja disfrutar la maternidad ni las experiencias con tus hijos como debería de ser.

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