Durante semanas, los niños reciben mensajes que alimentan fantasías. Catálogos, redes sociales y conversaciones con amigos hacen lo suyo. Así, el regalo real puede sentirse “insuficiente”, aunque sea valioso.
Además, a cierta edad, los niños ya comparan. Lo que recibió un primo o un compañero influye más de lo que parece. Esto no habla de ingratitud, sino de desarrollo emocional.
Cuando la fantasía gana terreno
Entre los 4 y 8 años, la línea entre deseo y realidad aún es frágil. Por eso, imaginar un juguete específico se vuelve una certeza interna. Si no llega, el golpe emocional es real.
Aquí es clave entender que tu hijo no está rechazando el regalo. Está procesando una expectativa que no se cumplió. Por otro lado, si el mensaje previo fue “si te portas bien, te traen todo”, la decepción pesa más. La experiencia se vuelve una evaluación personal.
Antes del Día de Reyes, ayuda a ajustar expectativas. Habla de opciones, no de certezas. Frases como “los Reyes hacen lo posible” ayudan más de lo que crees.
Después, valida la emoción sin justificar berrinches. Puedes decir: “Entiendo que esperabas otra cosa, es normal sentirse así”. Luego, dale tiempo.
Más adelante, acompáñalo a descubrir el valor del regalo recibido. No forces gratitud inmediata. La emoción necesita espacio.
Lo que tu hijo realmente aprende
Cuando manejas bien este momento, tu hijo aprende algo importante. Que la ilusión es válida, pero la realidad también. Y que las emociones difíciles se pueden atravesar sin castigos.
No se trata de arruinar la magia. Se trata de hacerla sostenible.
