fbpx

, ,

¿Ayudas o presionas? Lo que ocurre cuando gritas a tu hijo en el deporte

/

Gritar en un partido de tus hijos no siempre es darle ánimo. En realidad puede afectar su rendimiento y salud emocional.

¿Ayudas o presionas? Lo que ocurre cuando gritas a tu hijo en el deporte
En muchos encuentros deportivos infantiles y juveniles hay una escena que se repite: desde la grada, los padres y/o madres gritan indicaciones: “¡pásala!”, “¡tira!”, “¡corre!” con la intención genuina de ayudar. Sin embargo, lo que ocurre en el cerebro del niño o del adolescente es muy distinto a lo que imaginamos.

El cerebro en desarrollo no procesa la información de la misma manera que el de un adulto. Durante la competencia, el niño necesita integrar múltiples funciones al mismo tiempo: atención, coordinación motora, toma de decisiones y regulación emocional. Todo esto sucede en milisegundos. Cuando desde fuera recibe instrucciones constantes y simultáneas, su sistema atencional se sobrecarga. Esto interfiere directamente con su capacidad de responder de manera eficiente en el campo.

Lee también: ¿Por qué cada vez hay más niños con ansiedad?

A nivel neuropsicológico, esto impacta en las funciones ejecutivas, que dependen en gran parte de la corteza prefrontal, una región que aún se encuentra en proceso de maduración durante la infancia y la adolescencia. Esta área es la encargada de planear, decidir, inhibir impulsos y adaptarse a las demandas del entorno. Cuando hay demasiadas indicaciones externas, el cerebro deja de priorizar la información interna (lo que el niño observa en la competencia, lo que siente y lo que decide) y entra en un estado de confusión que afecta su desempeño.

Más confusión que apoyo

El deporte implica exposición, el niño sabe que está siendo observado y evaluado. Si a esto se le suman correcciones constantes desde la grada, su sistema nervioso puede activarse en modo de alerta. La amígdala, encargada de detectar posibles amenazas, puede interpretar estos estímulos no como ayuda, sino como presión o juicio, lo que incrementa la tensión interna.

Cuando el cerebro está en un estado de estrés o sobreestimulación, disminuye la capacidad de tomar decisiones autónomas, aumentan los errores, se bloquea la creatividad en el juego y se afecta la confianza; lejos de mejorar el rendimiento, la intervención constante desde afuera limita el aprendizaje.

¿Y con los adolescentes?

En el caso de los adolescentes, esto puede intensificarse ya que en esta etapa el cerebro es especialmente sensible a la evaluación social, la necesidad de pertenecer y de no ser juzgado es muy alta. Las indicaciones constantes pueden vivirse como una exposición pública que genera ansiedad o incomodidad, lo que en muchos casos termina afectando la motivación e incluso el gusto por la actividad.

Pero hay un punto fundamental que muchas veces pasa desapercibido: durante la actividad deportiva ya existe un adulto encargado de dirigir, el entrenador. Él no solo organiza la práctica o el partido, también define la estrategia, regula el ritmo del juego y guía el aprendizaje. Cuando desde la grada surgen múltiples voces con indicaciones distintas, el cerebro del niño recibe mensajes contradictorios. Esto puede llevarlo a detenerse, dudar y tratar de decidir entre lo que le indica su entrenador, que tiene una visión completa de la situación, y lo que escucha desde afuera, generalmente cargado de emoción.

Este conflicto genera una sobrecarga en los sistemas de toma de decisiones y rompe algo esencial para el desarrollo: la claridad. Cuando no hay claridad, el rendimiento baja y también lo hace la seguridad interna. A nivel emocional puede interferir en la relación con la autoridad, generando desconexión con el entrenador o una sensación de estar dividido, lo que impacta en su desempeño y en la experiencia del propio niño, tanto en dinámicas de equipo como en disciplinas individuale

Lo que sí está en tus manos

El deporte es una de las mejores vías para desarrollar autonomía, criterio propio y resolución de problemas. Cada vez que un niño decide por sí mismo si pasar, tirar o esperar, está fortaleciendo conexiones neuronales que le servirán a lo largo de su vida, cuando un adulto decide por él desde fuera, ese proceso se debilita, limitando la construcción de habilidades fundamentales.

Esto no significa que los padres no deban involucrarse. Significa que el cómo es lo verdaderamente importante. El entrenador dirige el juego, los padres acompañan el proceso emocional. Respetar este rol no es desentenderse, es ofrecer un entorno coherente, donde exista una sola voz guiando el juego y un espacio seguro para aprender, equivocarse y volver a intentar.

El cerebro aprende mejor en un ambiente de seguridad que en uno de presión. La presencia tranquila, la mirada de apoyo y las conversaciones después del juego centradas en el esfuerzo y la experiencia, tienen un impacto mucho más profundo en el desarrollo.

Acompañar no es dirigir. Es sostener, confiar y permitir que el niño piense, se equivoque y crezca. Porque en ese proceso no solo se forma un mejor jugador, se forma una mente más fuerte, más flexible y más segura.

Comparte esta nota

Más sobre este tema
, ,

Qué te pareció esta nota

0 / 5. 0

TAGS: