De repente cuestiona lo que dices, tiene un argumento para todo y puede explicarte con absoluta seguridad por qué él tiene razón y tú no. Además, trae pruebas: vio un video, escuchó un podcast, encontró un estudio o sigue a alguien que sabe muchísimo del tema. Entonces surge la pregunta: ¿por qué en esta etapa algunos jóvenes pueden sentirse tan seguros de lo que saben y tan poco dispuestos a considerar que quizá no tienen toda la información?
La respuesta no está simplemente en que “así son los adolescentes”; hay cambios importantes ocurriendo en su cerebro.
¿Qué está pasando en su cerebro?
Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) define formalmente la adolescencia entre los 10 y los 19 años, no significa que el desarrollo termine al cumplir 20. La maduración cerebral continúa durante los primeros años de la adultez.
Por eso, un joven de 18, 19, 20 o incluso algunos años más sigue atravesando procesos importantes relacionados con identidad, autonomía, autorregulación y toma de decisiones.
La neurocientífica Sarah-Jayne Blakemore explica que durante esta etapa el cerebro experimenta una importante reorganización. Una parte de ese proceso es la llamada poda sináptica: algunas conexiones se fortalecen mientras otras se eliminan o reorganizan. Al mismo tiempo aumenta la mielinización, que permite que la información viaje de manera más rápida y eficiente entre distintas regiones cerebrales.
Y todo esto ocurre mientras continúan desarrollándose funciones como planear, anticipar consecuencias, regular emociones e impulsos, cambiar de estrategia, tomar decisiones y comprender cada vez mejor la perspectiva de otras personas.
Por eso no es contradictorio encontrarnos con un joven capaz de investigar muchísimo, memorizar una enorme cantidad de información y construir argumentos muy sofisticados, pero que todavía tenga dificultad para preguntarse: “¿Y si estoy equivocado?”
En la adolescencia, las nuevas “herramientas” son cognitivas. Descubren que pueden cuestionar lo que aprendieron, buscar información por su cuenta, detectar contradicciones, construir argumentos, defender una posición y formar ideas que no necesariamente coinciden con las de sus padres.
Eso no es malo; al contrario, es parte de construir autonomía e identidad.
El problema comienza cuando cuestionar a los demás no viene acompañado de la capacidad de cuestionarse a uno mismo.
Madurar intelectualmente no consiste solamente en aprender cada vez más, también implica desarrollar flexibilidad cognitiva, tolerar la incertidumbre y poder reconocer: “No sé”, “puedo estar equivocado” o “necesito más información”.
Y ahora tienen algo que nosotros no tuvimos: un algoritmo que les da la razón
A todo este proceso cerebral tenemos que agregar algo que cambia completamente el escenario: nunca había existido una generación con acceso inmediato a tal cantidad de información.
Un joven se interesa por nutrición, ejercicio, sustancias químicas, cosméticos, salud, hormonas o cáncer, ve varios contenidos y el algoritmo aprende rápidamente qué llama su atención. Entonces le muestra más y más y más…
Después de ver decenas de publicaciones sobre el mismo tema puede parecer que existe una evidencia abrumadora: “Todo causa cáncer”, “todos estos productos alteran las hormonas”, “este ingrediente es tóxico”, “esto provoca inflamación”.
Pero aquí tenemos que enseñarles algo fundamental: que algo aparezca en internet con palabras científicas no significa que tenga un buen sustento científico.
Un creador de contenido puede citar una investigación real y aun así interpretarla mal o exagerar sus conclusiones. Un estudio pequeño puede convertirse en una verdad universal. Una asociación puede explicarse como si fuera una causa.
Encontrar un estudio que apoye una idea no significa que esa idea ya esté comprobada. Hay que aprender a revisar qué se investigó realmente, en quiénes, cómo se hizo y si otros estudios han llegado a conclusiones similares.
El objetivo no es enseñarles a desconfiar de la ciencia. Es enseñarles a diferenciar evidencia científica de contenido que utiliza la ciencia para parecer convincente.
Tips para manejar al nuevo “experto” de la casa
- Escucha antes de corregir. Pregúntale “¿por qué piensas eso?”. Esto nos permite conocer no solamente su conclusión, sino el camino que siguió para llegar a ella.
- No lo ridiculices. Burlarte, provocarlo o intentar demostrarle inmediatamente que sabes más puede convertir una conversación en una lucha de poder.
- Revisa con él/ella la fuente. ¿Quién lo dice?, ¿qué preparación tiene?, ¿de dónde obtuvo la información?, ¿se trata de un estudio aislado o existe un consenso mayor?
- Busca con él información que contradiga su postura, no para demostrarle que está equivocado, sino para enseñarle que investigar también significa buscar aquello que podría demostrar que nuestra hipótesis no es correcta.
- Haz una pregunta clave: “¿Qué evidencia necesitarías encontrar para considerar que podrías estar equivocado?”. Si la respuesta es “ninguna”, entonces ya no estamos hablando de pensamiento crítico, sino de una idea que empieza a volverse rígida.
- Reconoce cuando tenga la razón. Decirle “eso no lo sabía” o “tienes razón en esto” modela precisamente la flexibilidad que queremos desarrollar.
¿Cuándo se convierte en un foco rojo?
Aquí importa menos el tema y mucho más lo que está provocando en su vida.
El foco rojo aparece cuando la preocupación comienza a dominar su vida: investiga durante horas, necesita comprobar una y otra vez si algo es seguro, evita cada vez más alimentos, productos, lugares o actividades, se angustia al entrar en contacto con determinadas sustancias o necesita que los demás le confirmen constantemente que no existe peligro.
También debemos observar si empieza a afectar el sueño, la escuela, sus relaciones, su alimentación, sus actividades habituales o su capacidad para disfrutar.
En ese momento, la pregunta deja de ser: ¿tiene razón o no?
La pregunta importante es: ¿Cuánto sufrimiento y cuánto deterioro está provocando esta preocupación?
Cuando las preocupaciones se vuelven repetitivas, difíciles de controlar, generan ansiedad importante o empiezan a interferir con la vida cotidiana, es recomendable buscar un psicólogo clínico especializado en adolescentes y adultos jóvenes.
Porque el objetivo no es conseguir que deje de investigar, cuestionar o pensar por sí mismo, sino ayudarlo a desarrollar la otra mitad del pensamiento crítico: poder cuestionar también sus propias certezas, tolerar no tener todas las respuestas y entender que cambiar de opinión frente a nueva evidencia no significa perder una discusión, significa madurar.
