Hay algo del posparto del que casi no se habla y no tiene que ver solo con pañales, desvelos o lactancia. Tiene que ver con la reorganización y de crear nuevas rutinas. Cuando nace un bebé, no solo nace una madre, también se mueven jerarquías, roles, expectativas y límites.
Y cuando esos límites no se revisan o no se acuerdan con claridad, suele ser la madre quien termina pagando el precio emocional. No porque sea débil, exagerada o “posesiva”, sino porque está atravesando uno de los momentos más vulnerables de su vida.
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El posparto no es solo físico, también es emocional
El posparto no es únicamente la recuperación del cuerpo. También hay cambios físicos importantes, sumando una revolución hormonal, un sistema nervioso en modo protección y una enorme necesidad de construir vínculo con el crío.
La madre está sanando mientras aprende a conocer, interpretar y responder a una nueva vida. En ese contexto, cualquier invasión puede sentirse mucho más intensa.
Cuando las visitas se sienten invasivas
Hay situaciones que podrían parecer pequeñas para los demás, pero que para una mamá en posparto pueden ser abrumadoras como que alguien tome al bebé sin preguntar, que opine constantemente sobre cómo lo cargas o cómo lo amamantas o que minimice lo que estás sintiendo.
Muchas madres terminan sintiéndose incómodas en su propia casa, tratando de no incomodar a otros mientras ellas mismas se sienten sensibles y con mil emociones.
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La culpa y las “buenas intenciones”
Muchas veces aparece la culpa. Frases como “lo hacen con buena intención”, “no quiero generar conflicto” o “es su nieto” pesan más que lo que realmente sientes como mamá.
Algo que se debe normalizar es: poner límites en el posparto y esto no es egoísmo. Es protección en una de las etapas más vulnerables.
