Ahora bien, una cosa es lo esperado y otra vivir buscando la vitamina “milagro”. Antes de gastar en suplementos de moda, vale la pena revisar qué sí tiene evidencia.
Las vitaminas milagro: lo que sí y lo que no
En redes sociales abundan recomendaciones de megadosis de vitamina C, jarabes “naturales” o suplementos para “subir defensas”. Sin embargo, organizaciones como la American Academy of Pediatrics señalan que la mayoría de los niños sanos no necesitan suplementos si llevan una dieta equilibrada.
La vitamina C no previene resfriados en la población general. Puede acortar ligeramente la duración, pero no evita que se enferme. Lo mismo pasa con muchos productos etiquetados como “inmunoestimulantes”: no tienen evidencia sólida en niños sanos.
¿Hay excepciones? Sí. Niños con deficiencias nutricionales, dietas muy restrictivas o ciertas condiciones médicas pueden requerir suplementación. Pero eso debe indicarlo su pediatra.
El sueño: el gran olvidado
Si hay algo que realmente impacta el sistema inmune, es el descanso. Durante el sueño se liberan citocinas, proteínas clave para combatir infecciones.
La Centers for Disease Control and Prevention explica que dormir menos de lo recomendado se asocia con mayor susceptibilidad a infecciones. Un niño en edad preescolar necesita entre 10 y 13 horas al día. Un escolar, entre 9 y 12.
Si tu hijo se duerme tarde, usa pantallas antes de acostarse o tiene horarios irregulares, su sistema inmune lo puede resentir. Ajustar rutinas a veces hace más que cualquier frasco de gomitas vitamínicas.
Vacunas: entrenamiento real para su sistema inmune
Aquí no hay debate científico serio. Las vacunas entrenan al sistema inmune para reconocer y combatir virus y bacterias específicos sin que tu hijo tenga que sufrir la enfermedad.
La Organización Mundial de la Salud es clara: la vacunación es una de las intervenciones más efectivas para prevenir enfermedades graves y complicaciones.
Si tu hijo se enferma “mucho”, revisa que su esquema esté completo. No evita todos los resfriados, pero sí reduce riesgos mayores como neumonía, influenza grave o sarampión.
Alimentación: consistencia, no perfección
No necesitas una dieta perfecta, pero sí variedad constante. Frutas, verduras, leguminosas, proteínas de calidad y grasas saludables aportan vitaminas A, C, D, zinc y hierro, nutrientes relacionados con la función inmunológica.
El problema no suele ser “falta de superalimentos”, sino exceso de ultraprocesados y bebidas azucaradas. Estos no fortalecen defensas y pueden desplazar alimentos nutritivos.
Además, la microbiota intestinal juega un papel clave en la inmunidad. Una alimentación rica en fibra favorece bacterias intestinales saludables, lo que también impacta la respuesta inmune.
Entonces, ¿cuándo preocuparte?
Aunque enfermarse seguido puede ser normal, consulta con su pediatra si presenta infecciones muy graves, hospitalizaciones frecuentes, mala ganancia de peso o infecciones inusuales. En raros casos podría haber un problema inmunológico.
Pero en la mayoría de los niños, la respuesta es más simple y menos comercial: sueño suficiente, vacunas al día, buena alimentación y tiempo para jugar al aire libre.
No es tan vendible como una “fórmula secreta”. Pero sí es lo que realmente funciona.
