“Todavía soy una niña”

Aníbal Santiago · 4 septiembre, 2017

La víspera de la pubertad: esos días confusos en que no sabemos con exactitud la identidad de la persona de quien somos padres.

El primer terrón de la avalancha cayó sobre mi cabeza en forma de tres palabras: “Ya no, papi”. Dibujaba con sus crayolas, y para que lo hiciera oyendo música yo acababa de poner en su grabadora una canción sobre un jardinero: “Soy guardián y doctor de una pandilla de flores que juegan al dominó y después les da la tos”, cantaba una mujer.

-¿Qué cosa ya no?-, le dije.

-Esa música–, contestó.

-¿Por?

-Es para muy chicos.

-¿Ya no lo eres?

-No-, dijo con su vocecita de nueve años y convicción de 14, y siguió seria en la faena de sus crayolas mientras yo, resignado, apretaba stop.

En las semanas siguientes, decidió que al playlist del hogar lo monopolizara Natalia Lafourcade. “Sigo cruzando ríos / andando selvas / amando el sol / cada día sigo sacando espinas de lo profundo del corazón”, escuché, y al asomarme a su recámara vi que cantaba. Sí, “sacando espinas de lo profundo del corazón”, decía a su edad. ¿Y dónde estaba extrayendo espinas? En su próximo blanco: una mesita infantil con pequeñas sillas de colores llenas de pegotes tipo Dora la Exploradora y La Sirenita.

Pasaron los días y la pregunta llegó: ¿no crees que esta mesa ya no me sirve? Como para eludir cualquier debate, me miró y pronunció aquello sentada, con sus rodillas flexionadas sobre el torso –por el tamaño ya no podía ponerlas bajo el mueble-.

Fuera mesa y sillas, que sin sentimentalismos ni remordimientos cambió por un parco escritorio para computadora sin el mínimo destello colorido.

Desde entonces, la avalancha de la “madurez” no ha tenido pausa: le dijo adiós a las cazuelitas de plástico rojo azul y amarillo con que en el baño se echaba agua caliente a risotadas. No dejó vestigio de calcomanías, posters y ropa con imagen de Princesas, y de paso hizo un controvertido repaso de sus gustos del pasado: “No entiendo por qué tenía tantas cosas de Princesas si nunca me gustaron” (aunque yo aún la recuerdo pidiendo ir al parque vestida de una de ellas, para no herirla me abstuve de recordárselo).

Y también apartó de su vista a sapitos, muñecas, rehiletes, maderas para hacer castillos y otros juguetes que ya no siente acordes a su tiempo.

Con cada adiós a esa primer niñez, esta vez era yo quien sacaba espinas de lo profundo de mi corazón. Y otra vez me llamó. “¿Papá, qué piensas de mi cortina?”. Con melancolía recordé mi solitaria visita a La Parisina –tras mi separación-, donde la elegí. Con vacas, abejas y canarios que cargan biberones en cielos despejados, cubrió la ventana de mi hija de dos años. La misma cortina que, siete años después, con su luz celeste la iluminaba en el instante que me hacía esa pregunta. No hubo negociación: pronto, ambos recorríamos la misma tienda para elegir a la nueva cortina. Por los pasillos de textiles dimos vuelta 10 minutos, 20. Nada la hacía feliz.

De pronto, se detuvo en una tela. “¡Éstaaa!”, exclamó. Afiné la vista: estaba repleta, sí, rebosante de gatitos; cientos de gatitos, azules, turquesas, anaranjados, morados, de montones de colores, como un caleidoscopio felino. “¡Ésta me fascina!”. “¿La de gatitos?” “Sí”. “¿Segura?” “¡Claro!”. “¿No es demasiado infantil?”, le advertí.

Y entonces, abrazando el lienzo como si en sus manos maullara un minino recién nacido, me aclaró las cosas: “Todavía soy una niña, papáaa”.

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